Memoria de las prácticas en Tercer Ciclo
No corras, nadie te apura...
Las primeras prácticas docentes se realizaron en EGB3 en la escuela 4-073 “Adolfo Bioy Casares”. El establecimiento escolar está ubicado en el Bario Infanta del departamento de Las Heras. Al no tener conocimientos previos de la escuela, hice una búsqueda en internet para saber dónde estaba ubicada. Luego, averigüé qué colectivo me dejaba cerca. Llamé al control del grupo 7 y me dieron los horarios y el colectivo que me dejaba casi en la puerta: “94 Bº INFANTA”. Tomé dos colectivos, uno de mi casa a la Capital de Mendoza y otro del Centro al Bº Infanta. Como no sabía cuánto tardarían, llegué mucho antes de lo planeado, más de media hora antes. Bajé del colectivo y mientras caminaba para llegar al edificio escolar observaba el lugar. Mi primera impresión fue: “¡Muy lindo barrio!”. Un lugar tranquilo, de calles asfaltadas, casas arregladas, sin mucho tránsito vehicular.
Al llegar deduje que era un edificio nuevo, su estructura delataba que se había construido entre mediados de los ‘90 y 2000. Subí las escaleras y entré. Crucé la puerta y la profesora tutora y titular de la clase que yo iba a observar venía por el pasillo con una taza de té dirigiéndose hacia la sala de profesores. Entramos a la sala, dejó su taza y recorrimos las escuela. En el recorrido conocí a la directora, la regente, la secretaria y la preceptora del curso. La regente fue muy amable en brindarme la información que necesitaba y lo que me faltaba había que preguntarle a la asesora pedagógica. Preguntamos por la asesora y todavía no llegaba a la escuela. Tocó el timbre para salir al recreo y la sala de profesores se iba llenando. Todos eran muy amables con todos.
Luego del recreo entramos al curso. La profesora me presentó ante el curso. Al ingresar al aula la calidez de los alumnos, al igual que la curiosidad, se hicieron sentir con inmediatez. La duda e inquietud que se despertó en los alumnos ante mi presencia no tardó en hacerse notar: ¿quién era? ¿qué hacía? ¿por qué tomaba nota de todo? ¿era la psicóloga? Apenas hicieron un silencio para tantos interrogantes la profesora pudo explicarles que yo era una alumna igual que ellos, que observaría la clase y que en las próximas clases sería yo quién las daría. La curiosidad de los alumnos hacia mí y mi papel en el curso estuvo latente en toda la mañana. La clase de observación fue un repaso de la temática de la clase anterior: El proceso de comunicación haciendo un recorrido por el modelo clásico y el modelo alternativo. A medida que la profesora preguntaba los alumnos respondían y ella anotaba en la pizarra. Después de terminar la clase acordaron el lunes llevar todo terminado para la primera clase de la práctica.
La próxima semana sería mi primer clase. El tema a preparar era Tipos de comunicación, tema que habíamos visto en el profesorado. No fue problema encontrar material, sino “mediarlo” para chicos de 9º año, pasar de un lenguaje técnico y universitario a alumnos de 9º. El lunes fui con mis hojitas a hora de consulta. En una hoja llevé el esquema que haría en el pizarrón y que prepararía con láminas y flechas. Tenía definido cómo daría la teoría pero no tenía muy claro como llevaría a cabo las actividades. Sabía que quería hacer algo con historietas. Pedí recomendación a la profesora tutora para terminar de armar y determinamos que las actividades serían para la segunda clase. La idea era, en un comienzo, entregar fotocopias pero por razones de presupuesto no pudo ser, por lo tanto tuve que realizar un dictado de la parte teórica.
Llegó el jueves. Un jueves frío y nublado. Mi resfrío no opacaba el esfuerzo para dar esa primera clase. La profesora al ver mi estado dijo que le tendría que haber avisado para no ir, pero mi sentido de la responsabilidad fue superior a cualquier resfrío. Ayudó mucho que tenía experiencia previa en dar clases y saber que los alumnos participarían activamente. Mientras explicaba y pegaba en el pizarrón las láminas sobre los tipos de comunicación, dictaba la teoría. Por momentos dictaba muy rápido. Los alumnos me decían que fuera más despacio y yo trataba de ir un poco más pausado. Cada vez que me apuraba un alumno me lo hacía notar cantando la canción de Ricardo Montaner “pará un poco...” . A lo cual sonreía y desaceleraba el dictado. Iba tan rápido que el tiempo que había calculado se acortó y me quedó tiempo para seguir con la clase, por lo que tuve que aplicar un plan B. El Plan B constaba en utilizar los ejemplos del trabajo práctico de la clase anterior y aplicar los tipos de comunicación. Así llegué con el tiempo estipulado. Cada vez que iba completando los tipos de comunicación preguntaba: “¿están seguros?”. Era un juego que generaba intriga y los mantenía expectantes. Luego de realizar la clase, pedí las observaciones correspondientes. La profesora tutora al salir me dijo que a veces iba muy rápido y que tenía que “ir más despacio y esperarlos. Esperarlos a que se acomoden, que abran la carpeta...”. Agregó que hubiera sido bueno que les diera el cuadro, y yo le respondí que lo tenía pensado para la segunda clase. Esa mañana llegué a la conclusión que si bien el día tiene 24hs y es el mismo tiempo para todos era claro que todos no tienen un mismo paso. Entonces había que caminar más lento. Tenía que ir más despacio, no sólo por el cálculo del tiempo sino porque los alumnos iban y estaban acostumbrados a ese ritmo. Deduje que yo me tenía que adaptar a ellos y no al revés.
Al lunes siguientes fui a clase de consulta con la profesora Mercado y hablamos de la segunda clase, que sería un repaso de la primera y el esquema sería para completar para luego aplicarlo a las actividades.
A la semana siguiente no hubo clases por problemas personales de la profesora y laborales míos, la clase pasó para el otro jueves.
Llegó nuevamente el jueves, era la segunda clase. Como le había prometido a la profesora llevé fotocopias del esquema de la clase anterior y mientras hacíamos el repaso los alumnos lo completaban. Al comienzo de la explicación noté que lo hacía de una manera acelerada, por lo que respiré y empecé a hablar más lentamente. Hicimos el repaso y realizaron un trabajo práctico. Las actividades contaban con historietas para resolver, aplicando los tipos de comunicación, y al mismo tiempo reír. Después de resolver las actividades se hizo una puesta en común, los alumnos leían las historietas en voz alta y respondían qué tipo de comunicación se aplicaba a la situación señalada. No sólo había cambiado la dinámica de la clase sino también el modo en que nos relacionamos con los chicos. Luego de la clase pedí nuevamente las observaciones correspondientes. La profesora dijo que había sido muy útil el esquema y que esta vez había ido más despacio a lo cual contesté: “sí, se me hizo un poco difícil, ya que yo estaba acostumbrada a ir más rápido y que me costaba mucho por mi personalidad.” El timbre de finalizado el recreo sonó. Nos despedimos para reencontrarnos el lunes en el horario de consulta.
Llegó la clase de consulta. La tercera clase estaba preparada, sólo quedaba sacar las fotocopias para el jueves. El tema era Competencias comunicativas la cual contaría con fotocopias que contenía la teoría y las actividades para resolver, pero por motivos laborales no la pude dar. Esos motivos ponían en duda mi continuidad por lo que ese mismo lunes hablé con la profesora tutora y con la Coordinadora del Profesorado. Luego de dos días de mucha angustia, los profesores de la cátedra resolvieron que esa clase no la daría.
Fue un momento decisivo, era tirar la toalla casi al final de este recorrido, es decir dejar todo faltando tan poco para recibirme, o seguir sorteando los obstáculos que en el futuro vendrían y se pusieran en el camino hasta el final. La coordinación y el equipo de cátedra me dieron el respaldo para continuar con mi camino.
Gilda Andrade
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